Desempleo juvenil

Nota escrita para un matutino en julio de 1993 pero no publicada

En cambio fue leida por Pepe Eliaschev en su Programa Esto que pasa, en ese entonces en Radio del Plata, AM 1030, en agosto de ese año

 

­­- ¿Y ahora, qué hago? – dijo Juan, alzando la vista del telegrama de despido que acababa de recibir. Santiago, algo mayor que él, le contesta: “Esto me hace acordar allá por el ’74, cuando murió Perón. Me sentía igual que vos ahora. Con bronca. Con miedo. Sin saber qué hacer”. Lucía, la mujer de Juan, lo ataja al amigo: “Mira, yo era chica, no sé. Pero acá tenemos que parar la olla, ¿sabés? Y ahora sin la obra social, no sé”.

Hoy en el país es éste un tema acuciante. No sólo por el impor­tante número de desocupados que registran las encuestas, sino por las perspectivas inmediatas de quedar sin empleo a la que se enfrentan numerosos trabajadores. Según una opinión reciente de un alto dignatario eclesiástico, es más fuerte -para el ser humano- el impacto negati­vo resultante de la falta de ocupación, que la baja retribución que pueda recibir en su empleo.

Las cifras nos dicen que centenares de miles de perso­nas -en su mayor parte obreros y empleados- están sin trabajo. Otra cantidad similar no consigue un puesto de tiempo completo. Y ahora se anuncian fuertes reducciones de personal en empresas y organismos del Estado.

Probablemente, nuestro Juan del comienzo trabaja en una empresa estatal. Le quitaron las horas extras con las que apenas llegaba a fin de mes. Quizás Juan se ayudaba con algunas “chan­gas”. Pero fuera de la empresa la cosa se complica. “Si los chicos se enferman…¿cómo `bancar’ los remedios?”. Lucía, si no lo hizo hasta ahora, tendrá que ofrecerse por horas en casas de familia. Pero son más de 700.000 las empleadas domésticas y cada vez menos las familias en condiciones de tomarlas. Santiago tiene “estudios” y por eso no le fue demasiado mal cuando tuvo que buscar cómo reemplazar el empleo anterior (a él no le llegó el telegrama por que estaba “en negro”).

Lo que Juan no termina de entender es por qué tiene que ser siempre él quien pague el “pato”. Su amigo Santiago le explica que el Estado no tiene más plata y que por eso hace falta vender empresas como esa en la que él trabaja. Juan piensa en lo que pasó con ENTEL y lo que les cuesta el teléfono ahora a los parientes que lo tienen y no entiende dónde está la ventaja. Su cuñado, Roberto, trata de convencer­lo de que hay que aguantar un poco porque en un tiempo más habrá trabajo en las empresas privadas. Pero Juan se pregunta “¿y por qué no hay ahora, si a los patrones les cuesta tan poco pagarnos el suel­do?”. El cuñado insiste: “El otro día leí que con las leyes que tenemos, los patrones no quieren tomar a nadie”. “Pero mientras tanto, ¿qué va a pasar con nosotros?”, insiste Lucía. Roberto, un poco nervioso, vuelve a la carga: “Ahí está. Si sale la ley de empleo, va a haber un seguro para los que se queden sin trabajo”. Sí, claro -dice la mujer- y les van a dar menos que a los jubilados, seguro”.

Juan recuerda en ese momento algo que le contaron hacía un tiempo. Resulta que en Inglaterra, cuando estaba “la Tatcher”, también el gobierno decidió vender empresas del Estado. Pero lo hicieron de a poco. Y no las regalaron. “¿Qué ganamos acá rema­tando todo de golpe? Parece que lo único que resulta es que seamos muchos más los desocupados y así los sueldos se quedan `chatitos’. Si ya hay más de 800.000, me dijeron…”. Santiago, que seguía por allí, le agrega: “Y otro tanto o más, de los que llaman subocupados, que no trabajan todo el día, bah!”.

Mientras Roberto, el cuñado, seguía tratando de tranquilizarlo, Juan reflexiona en voz alta, como leyendo de algún lado:   “Acá hay algo que no funciona. La productividad del trabajo sigue siendo muy alta. Los salarios reales están más bajos que nunca. Desde que el Ministro anunció la “estabilidad” los salarios no se movieron, pero las cosas aumentaron un 20%. ¿Qué esperan los patrones para producir más, con más gente? Eso de que hay que repartir el esfuerzo está bien, pero el reparto no lo veo. Y no quiero pensar en la gente de San Nicolás o de Sierra Grande”.

Lo cierto es que más allá de la anécdota, existe la crisis estructural, la reestructuración económica de envergadura internacional y el ajuste impulsado oficial­mente. También es real la dificultad del Estado -al margen de la voluntad- de cubrir con impuestos la totalidad de sus erogaciones.

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Notas de JL

Economista; abuelo de tres hermosuras: Luli, Tini y Tomi; en fútbol sigo a San Lorenzo de Almagro. Sufriente admirador de Buenos Aires.