Por qué después de una década de alto crecimiento económico, de intenso crecimiento del empleo y recuperación de la capacidad de compra del salario, vuelven a estar presente las mismas dificultades que se conocieron en el pasado.” Javier Lindenboim –economista y director del Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo (CEPED)- reflexiona sobre esa pregunta, y recopila diversos textos que buscan dar una respuesta en un futuro libro. Junto a Agustín Salvia -sociólogo, investigador del Conicet y coordinador del Observatorio de la Deuda Social de la UCA-, es el editor de esos artículos producidos por investigadores de la UBA.
Javier Lindenboim –economista y director del Centro de Estudios sobre Población, Empleo y Desarrollo (CEPED)- reflexiona sobre la economía argentina y recopila diversos textos que buscan dar una respuesta en un futuro libro
La oficina de Lindenboim está en el primer piso de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. Allí hay algunos papeles sueltos y cerca de una veintena de libros apilados en unos estantes. Sus obras en general abordan conceptos como economía urbana, mercado de trabajo, distribución del ingreso y desarrollo urbano y regional. “En el país –observa, en diálogo con El Diario- hay un proceso inflacionario alto.”
P: -Hasta el momento, ¿qué respuestas ha encontrado ante la pregunta disparadora del libro?
JL: -Después de un periodo importante de crecimiento económico, y de un lapso más acotado pero intenso de crecimiento del empleo y recuperación de la capacidad de compra del salario, no se ha llegado en el país a una etapa de autosostenimiento, ni del crecimiento económico ni de la distribución del ingreso con mayor equidad. Ambos propósitos se suponía que motivaban a la gestión gubernamental. Desafortunadamente, los objetivos se cumplieron únicamente durante un periodo, especialmente desde la gestión que va desde (Eduardo) Duhalde (2002) hasta el gobierno de Néstor Kirchner (2007), ya que allí hubo crecimiento económico, se reabrieron emprendimientos industriales, se volvieron a colocar productos argentinos en el mundo, disminuyeron de forma abrupta las importaciones por los cambios de precios (con relación al impacto inmediato en 2002, lo cual contribuyó a recuperar parte de la producción local hasta entonces atendida por bienes del exterior; luego, el crecimiento económico implicó también aumento de exportaciones y de importaciones), y se recuperó el nivel de inversión y del salario. De allí en adelante, el ritmo del crecimiento económico fue menor y se detuvo bastante el crecimiento del empleo, como así también la capacidad de compra del salario.
Por Mauro Fernándes
-¿Cuál fue el resultado?
-Tras un proceso de disminución, la pobreza, por ejemplo, ha empezado a crecer otra vez. Nos volvemos a encontrar con cuestiones sociales que los más optimistas creían que ya habían sido superadas. Y desde el punto de vista económico sucede lo mismo.
 -¿Qué aspectos deben tenerse en cuenta?
-La incorporación de tecnología y el desarrollo agrario en el país hicieron crecer enormemente la producción agrícola, en particular a partir de la altísima demanda por parte de China, tras su ingreso a la Organización Mundial del Comercio en diciembre de 2001, y de India. Para las economías latinoamericanas, el siglo XXI vino con la baraja cambiada. Deben tenerse en cuenta los cambios globales que ayudaron a la región, como ser, por ejemplo, el valor de la soja, que benefició a Brasil y Argentina, y del petróleo, de utilidad para países como Venezuela, Ecuador y Bolivia. Han ayudado más las cuestiones externas que los cambios producidos internamente. En el país no se cambió la estructura productiva ni mucho la estructura en cuando a los sectores sociales que manejan la producción.
 -¿Observa que en estos últimos años hay ciertos inconvenientes?
-Sí, hace más de dos años que el empleo asalariado privado no crece. No se sabe muy bien qué pasó con el salario real. Si se observan los datos del Indec correspondientes al salario real, la Argentina supera a todos los países del mundo. Se sabe que no es así.
Se ha mentido descaradamente a través del Indec. En más de una ocasión, me pregunto si hay algo que pueda justificar que un Gobierno decida organizar sistemáticamente la mentira. No obstante, en términos políticos el kirchnerismo ha logrado convencer a muchas personas. En caso contrario no se entiende la obtención del 54 por ciento de los votos en 2011. (Carlos) Menem también consiguió un número similar en su reelección (1995), aunque en total se trató únicamente de dos gobiernos consecutivos, mientras que el kirchnerismo lleva tres.
 -Los últimos resultados arrojados por el Índice de Precios al Consumidor Nacional urbano, ¿demuestran un cambio en el Indec? ¿Se asemejan más a la realidad?
-Todo el mundo dice que los últimos índices se asemejan más a la realidad. No obstante, salvo por los números de las consultoras privadas o las oficinas de estadística de las provincias, nadie tiene posibilidades de decir si es correcto o no. El actual ministro de Economía (Axel Kicillof) hace unos años criticaba desde su página web –ahora está borrada, por orden o por vergüenza- el funcionamiento del Indec.
Para el Gobierno, la inflación no es un problema. No observo que el Gobierno crea que haya que actuar contra la inflación.
Es difícil cuestionar que los números correspondientes a enero y febrero no sean más realistas; pero eso no significa que el Gobierno reconozca que la inflación sea un problema. Tampoco hay garantías de que el mes que viene o dentro de unos meses, cuando los faroles del Fondo Monetario Internacional no estén tan prendidos, se vuelva a dibujar. En el Indec están las mismas personas. ¿Qué es lo que cambió?
 -¿Qué porción de la población se ve más afectada?
-Por definición, la inflación es genérica en cuanto a su impacto negativo. No obstante, 3 de cada 4 miembros de la población activa son asalariados. Allí, por lo tanto, está el grueso de los afectados, principalmente las personas que reciben salarios más bajos, muchas de las cuales forman parte de los sectores pobres. Quienes se encuentran en una posición de mayor poder económico, cuentan con más mecanismos para sortear mejor o peor los avatares resultantes del proceso inflacionario.
 -La precariedad laboral, ¿es un problema en el país?
-En los años iniciales del kirchnerismo creció el empleo, principalmente el empleo protegido. De hecho hubo porciones de asalariados en negro que pasaron a estar en blanco. No obstante, el empleo en negro también creció. A menor ritmo, pero creció.
La Presidenta ha explicado que durante los primeros años del kirchnerismo de cada diez puestos de trabajo que se creaban, nueve estaban protegidos. Ese escenario era bienvenido. No obstante, había una persona que estaba en negro y se sumaba, en términos netos, a los que ya se encontraban en esa situación. En términos absolutos hoy hay 4,5 millones de trabajadores desprotegidos. Porcentualmente, se está casi igual que en los noventa, más allá del boom favorable de la última década.
El índice de precariedad alcanzó el 48 por ciento, cuando se computaba entre los ocupados asalariados a los beneficiarios de planes sociales, que por definición eran precarios porque no tenían descuento jubilatorio, o el 43 por ciento, si estos no eran computados como ocupados.
Hubo un periodo de retroceso de la precariedad. Al mejorar la configuración de la protección para los asalariados, se apuntaba a mejorar a futuro también las posibilidades de retiro de los asalariados. Hoy, no obstante, 1 de cada 3 asalariados está en condiciones de ilegalidad.
 -¿Cuáles son los sectores más afectados?
-Dentro del ámbito urbano, es en el sector doméstico donde más se registran empleados en negro, ya que en total alcanza a alrededor de un millón de personas. Ocho de cada diez asalariadas del servicio doméstico siguen en negro. Por su parte, el sector de la construcción creció bastante durante los primeros años del kirchnerismo. En ese periodo (hasta 2007) creció tanto el empleo protegido como precario. En cambio hoy cerca del 60 por ciento de los asalariados de ese sector están en negro. El comercio es otro sector afectado. Además, hay que tener en cuenta que en el sector público hay todavía un remante de trabajadores precarios, en el sentido de que facturan y aparecen, por ejemplo, como monotributistas, disimulando una relación asalariada. Lo que ha mejorado fuertemente en el sector estatal es la paulatina supresión de los componentes de la retribución salarial que no formaban parte de los fondos, que a largo plazo iban a ser considerados para el retiro jubilatorio. El Estado ha sido el principal proveedor de empleo asalariado en los últimos tres o cuatro años.