El empleo está estancado y aumenta el desaliento, 24-10-2015

El empleo está estancado y aumenta el desaliento

Debate.Javier Lindenboim

El empeoramiento de las condiciones laborales durante los años noventa (aumento del desempleo y de la precarización de los asalariados) se justificaba porque los afectados no supieron adaptarse a los nuevos requerimientos del mercado de trabajo. Es decir no sólo estaban sin empleo sino con la culpa por sus propios pesares. Por contraste, al salir de la crisis de 2002 se multiplicaban las referencias sobre el inicio de una supuesta etapa sin fin de expansión económica y ocupacional. Esa halagüeña percepción se atribuía, casi por completo, a la acción del nuevo gobierno.
Aquí resulta de aplicación forzosa la expresión “ni tanto ni tan poco”. Rara vez hay una causa excluyente de algún fenómeno relevante. A comienzos de los noventa, la sociedad tomó por cierto el diagnóstico que esgrimía que el déficit fiscal, la inflación, la ineficaz prestación de gran parte de los servicios estatales, etc. derivaban de una perniciosa conjunción: fuerte presencia estatal y un gobierno que, por no responder al peronismo, no podía encontrar soluciones atinadas. Allí surgió en Argentina el “menemismo”, en un mundo que se sorprendió con la implosión del “socialismo real” y se deslumbró con el neoliberalismo.
En ese contexto el mercado de trabajo local sufrió tanto por el cierre de empresas no competitivas que eran también las más demandantes de trabajo como por el impedimento de sustentar el funcionamiento de la economía en base a los préstamos externos que alimentaron el consumo pero no la inversión productiva.
El auge inicial pareció convencer a la población que premió al gobierno de Menem con su reelección. Luego, la sucesión de episodios negativos (Rusia, Brasil, Extremo Oriente) hacia finales de la década, abrió un quinquenio de descenso del producto bruto argentino (1998-2002).
La clausura de ese experimento coincidió con un profundo cambio global. Se agotó el predominio del neoliberalismo y apareció un nuevo e importante jugador: China. Mientras Argentina ardía, ese país fue admitido en la Organización Mundial de Comercio en diciembre de 2001, elevando volumen y precios de las exportaciones latinoamericanas (petróleo, soja, cobre, etc.).
La crisis económica local inició un rápido modo de superación ya a mediados de 2002 de manera que al asumir Néstor Kirchner con el anterior equipo económico encontró el camino demarcado. El énfasis en el mercado interno encontró viabilidad en este nuevo contexto. La demanda laboral dinamizada enmarcó la reapertura de las negociaciones colectivas para la fijación de salarios. El empleo se elevó a ritmos tales que no se tenía recuerdo, llevando de 4% a 40% el aumento decenal de asalariados
Pero esa vorágine no duró demasiado, quizás cuatro años. Las ramas que más perdieron empleo en los noventa (industria y construcción) fueron las de mayor alza en esos años iniciales. Pero luego de 2007 casi no crecieron. Esto es: la bonanza duró lo que permitieron el aprovechamiento de la capacidad instalada y la inyección presupuestaria originada en la apropiación de una parte de la renta agraria, vía retenciones.
Ni en los noventa ni en los dos mil hubo cambios sustanciales de nuestra estructura productiva. Allí se encuentra una razón central por la cual hoy, más allá de las maniobras estadísticas oficiales, el empleo está estancado y hay fuertes indicios de reaparición de lo que en los noventa llamamos el desaliento: ante la percepción de la enorme dificultad por ingresar (o retornar) al mercado laboral, hay porciones de la población que se “retiran” de la oferta laboral, no salen a buscar trabajo, no se ofrecen. De manera que aunque no se vean cifras de mayor desempleo las tensiones existen.
En la actualidad existen múltiples mecanismos de ayuda para paliar la situación de carencia de la población que no logra un empleo. Sin embargo el reclamo, sea expresado a viva voz o en un susurro, es: no quiero un Plan, quiero un empleo.
Javier Lindenboim, Director del CEPED / UBA

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Notas de JL

Economista; abuelo de tres hermosuras: Luli, Tini y Tomi; en fútbol sigo a San Lorenzo de Almagro. Sufriente admirador de Buenos Aires.