La relevancia de la situación social

Columna en sección DEBATE de Clarin, 11-7-17

 

Las empresas que se dedican a poner de manifiesto las opiniones y preocupaciones prevalecientes hoy en Argentina muestran a la situación económica (junto con la seguridad) en un lugar central.

Es por lo general ardua la tarea dirigida a expresar tal inquietud con información fehaciente. Esto vale más aún en Argentina luego de una década de destrucción de la credibilidad en las estadísticas públicas.

Las limitaciones subsistentes permiten, sin embargo, esbozar un panorama preliminar.

Los datos de empleo que tuvieron continuidad se refieren al trabajo registrado que comprende unos diez millones de asalariados y dos millones de no asalariados.

Entre los primeros, más de la mitad corresponde a quienes trabajan en el ámbito privado.

Allí es donde la situación es decididamente mala pues no sólo no creció (por ejemplo para atender el aumento de la población) sino que en abril de 2017 el número todavía es menor que el de fines de 2015. La creación de empleo desde el invierno pasado ha sido magra en relación a la pérdida de los primeros meses de 2016.

En el empleo público el volumen es similar al del cambio de gobierno y entre los no asalariados hay un crecimiento más significativo.

Ya se ha dicho que la delicada situación ocupacional actual está lejos de ser una novedad. En los cuatro años previos (coincidentes con el segundo mandato de Cristina Kirchner) el empleo privado creció apenas tres puntos porcentuales, es decir, ni siquiera alcanzó para cubrir el aumento poblacional.

Pero peor fue lo ocurrido en la industria y la construcción que iniciaron y terminaron dicho lapso con la misma dotación. En cambio, ramas como Enseñanza y Servicios sociales -siempre en el ámbito privado- ganaron entre 11 y 15 puntos.

Los asalariados privados eran a principios de 2012 el 55% del empleo registrado pero aportaron sólo el 17% de los nuevos empleos en el cuatrienio.

En paralelo, el empleo estatal acrecentó 20 puntos porcentuales su tamaño al pasar de poco más de 2,5 millones de personas a casi 3,1 millones. De ese modo, con una participación inicial del 24% contribuyó con casi la mitad del empleo creado en dicho lapso.

Estas pocas referencias sólo sirven para ilustrar que el desempeño laboral reciente continúa (o empeora) la situación precedente que era muy poco alentadora.

En materia de ingresos de las personas (o de las familias), siempre que aceptemos que los nuevos datos de INDEC pueden ser cotejados con los precedentes, reflejan un conocido empeoramiento en 2016 con un repunte reciente que deja el promedio de los ingresos laborales igual o algo mejor que en 2015.

Pero ese derrotero no es similar para los distintos componentes. De hecho, los pertenecientes a los deciles de menor ingreso caen de modo significativo en relación a 2015.

Antes se mencionó el empleo registrado. De los trabajadores en relación de dependencia privados se tiene la información de sus remuneraciones. Eso permite ver cómo las mejoras salariales obtenidas por los gremios se iban deteriorando por el alza de precios en cada ciclo anual. De todas maneras, la tendencia fue positiva hasta fines de 2012. De allí en más, todo el año 2013 arrojó una caída que llevó el índice del salario real de 120 a algo menos de 105 (el valor 100 corresponde a enero de 2009 cuando se inicia esta publicación del Ministerio de Trabajo).

En marzo de 2014, al tiempo que se estanca la creación de empleo se recuperan los ingresos de modo que a comienzos de 2015 el salario estaba tonificado volviendo a oscilar a lo largo de ese año. La caída en los primeros meses de 2016 es importante pero -llamativamente- algo menos profunda que la observada en 2014 y su recuperación notablemente más lenta.

Vale entonces reflexionar en torno de cierta discordancia entre las evidencias disponibles y la naturaleza y particularidades de la preocupación reflejada en las encuestas de opinión así como en las acciones y reclamos que expone la vida cotidiana.

¿Qué es lo que explica que la caída de empleo de 2016 muy similar a la de 2014 sea visualizada con tanta mayor intensidad?

¿Por qué ocurre algo parecido con la pérdida de la capacidad de compra del salario que, al menos para el empleo privado registrado, no fue tan fuerte el año último respecto a un bienio atrás?

¿Por qué, más allá de las diferencias entre los perceptores, si los ingresos ocupacionales, individuales o de las familias se habrían recuperado respecto de 2016, incluso respecto de 2015, perdura una convicción contraria?

Estos son interrogantes que merecen mayor atención para entender mejor el comportamiento de la sociedad argentina y, al propio tiempo, para encontrar adecuados remedios a las angustias presentes.

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Notas de JL

Economista; abuelo de tres hermosuras: Luli, Tini y Tomi; en fútbol sigo a San Lorenzo de Almagro. Sufriente admirador de Buenos Aires.