Qué cambios estructurales debieran discutir los políticos

Columna aparecida en Clarin, 21-3-2019

El significado de los aspectos estructurales puede ser claramente distinto al que fue dominante a fines de los años ‘90 en Argentina y toda América Latina.

Desde su perspectiva estructuralista, la CEPAL alertó nuevamente en su Panorama Social 2018 sobre la perduración de los altos niveles de desigualdad en la región y su incidencia negativa sobre el crecimiento y el desarrollo. Sigue abierto el debate acerca de las prioridades: combatir la desigualdad y la exclusión para remover los obstáculos estructurales del país o, en cambio, procurar la supresión de esos obstáculos para tener éxito en aquel combate.

América Latina y Argentina evidencian falencias estructurales con eje en su dimensión propiamente productiva: desequilibrios sectoriales, diferenciales profundos en materia de productividad tanto a nivel de sectores como en las comparaciones internacionales, insuficiente soporte de la infraestructura –tanto de índole cuantitativa como cualitativa.

Pero también se muestran en la configuración y funcionamiento más amplio de la sociedad: dificultad para asegurar equilibrio en el sector externo y en materia fiscal, ausencia de reformas progresivas en materia impositiva, crecientes dificultades para permitir que el Estado pueda actuar como eficaz y eficiente factor en la distribución secundaria del ingreso ya sea en materia monetaria como principalmente en lo relativo a la prestación de los servicios básicos para la población.

En ese marco pueden registrarse intervenciones estatales más regresivas (como la de los años ‘90) o más progresivas (la década inicial de este siglo), en algunos casos realizadas por la misma fuerza política.

El trasfondo, sin embargo, parece residir en la configuración sustantiva de la organización de la producción, que más allá del entramado social y político muestra a poco andar los límites más que sus potencialidades.

Vale aquí un recordatorio. La denominación genérica de las políticas propiciadas a fines del siglo pasado en América Latina fue la de ajuste estructural. La expresión, sin embargo, se circunscribe a la formulación impulsada por los organismos internacionales de crédito como recomendación característica para las políticas públicas en la región, las cuales debían ser cumplimentadas por los gobiernos como precondición para recibir préstamos u otros mecanismos de colaboración financiera, en virtud de sus fuertes restricciones externas. Era esa la base de las políticas neoliberales aplicadas en la región.

En cambio, es posible utilizar la noción “estructura” para aludir al conjunto de relaciones económicas y sociales que sustentan el funcionamiento del aparato productivo y determinan las condiciones en que se desenvuelve su población. Este enfoque tampoco tiene un significado único y homogéneo.

Por lo general, la noción de cambio estructural se utiliza actualmente para aludir al desplazamiento de la frontera tecnológica de manera de reducir la brecha con los países desarrollados en pos de elevar el crecimiento y el ingreso por trabajador.

De manera que el significado de los aspectos estructurales puede ser claramente distinto al que fue dominante a fines de los años ‘90 en Argentina y toda América Latina. En nuestro caso, aunque puede empezarse por un balance objetivo del desempeño económico y social luego de la profunda crisis de 1998-2002, es indudable que la mayor riqueza y efectividad surgiría de una reflexión de mayor aliento.

El contraste entre el primer decenio del siglo XXI y la última década del siglo anterior arroja claros resultados positivos en materia de bienestar pero, aunque hubo al menos un quinquenio de alto crecimiento económico, no se verificaron modificaciones estructurales. En más de un aspecto, inclusive, en la salida de la crisis pudimos beneficiarnos de importantes cambios productivos previos en el ámbito agrícola (sin hablar de la estampida de la demanda de bienes primarios que favoreció a toda la región) y en el energético.

A tono con los Objetivos del Milenio de Naciones Unidos y de un nuevo talante de época, Argentina profundizó intervenciones estatales redistributivas. Como es conocido, quizás no lo suficiente, esas acciones no surgieron sobre la base de un incremento de la productividad media de la economía sino de un aprovechamiento sesgado de la bonanza que no garantizaba su propia sustentabilidad. Los problemas externos, energéticos y monetarios volvieron a emerger como factores de freno, primero, y más tarde de retroceso.

No debería sacarse la conclusión de que la inusitada mejora en la distribución del ingreso (la primaria y también la secundaria) o no existió o no fuera necesaria. La pérdida de empleo e ingresos en los finales de los ‘90 reclamaban recuperación y avance en tal dirección. Pero al omitir que la producción y distribución son facetas de un mismo proceso, terminamos olvidando la brecha tecnológica que nos aleja crecientemente del mundo en el que estamos insertos y dejamos de tener presente que la mayor productividad es condición para garantizar la continuidad de la inversión productiva y para el paulatino mejoramiento de la calidad de vida y el bienestar de la población.

El indicador más dramático es el de la tasa de inversión, cuya tendencia declinante no produce mayor desvelo en las fuerzas políticas. Otro es el mantenimiento del sesgo impositivo basado en impuestos indirectos (IVA) y de la alta tasa de evasión que a su turno propicia el trabajo precario.

Esto no niega sino que presupone que los núcleos sociales, económicos y políticos tengan apetencias y demandas contrapuestas. Pero debe reconocerse que ni los graves problemas actuales surgieron de la noche a la mañana ni que su modificación pueda alcanzarse abruptamente o sin esfuerzo de algún modo compartido.

La búsqueda de precisión acerca del contenido de tales cambios estructurales y, de modo particular, cuál es el sendero que es necesario transitar y los recursos con los que hay que hacerlo abre el ancho campo de la política. ¿Será demasiado ilusorio pensar que estos pueden ser los condimentos principales del próximo debate electoral? 

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Notas de JL

Economista; abuelo de tres hermosuras: Luli, Tini y Tomi; en fútbol sigo a San Lorenzo de Almagro. Sufriente admirador de Buenos Aires.