Empleo, dejemos de mirar para otro lado

Columna aparecida en Clarin, 15-7-2021

Dos meses atrás, el total de empleo registrado era de 12 millones de puestos, es decir el mismo número que el que había al momento del cambio de gobierno a fines de 2015. Entre fines de 2019 -asunción de Alberto Fernández- y ahora, se perdieron unos 150.000. Dicho de otro modo, ese fue el incremento (no disminución) habido durante el gobierno de Cambiemos.

El Ministerio de Trabajo distingue media docena de categorías de empleo registrado, pero el grueso (10.8 millones) se concentra en tres: privados, públicos y monotributistas.

El peso de estos grupos es muy desigual: privados 5,8 millones, públicos 3,3y monotributistas 1.7. Las otras tres categorías (sumadas) agregan otros 1.2 millones (servicio doméstico, autónomos y monotributistas sociales).

Ya sabemos que la categoría de empleo registrado pudo eludir el fuerte impacto de la caída del empleo en 2020. La pérdida neta de puestos el año pasado (1.5 millones) fue soportada por los no registrados. Casi en partes iguales lo asalariados precarios y los no asalariados.

Esos conjuntos que aún pugnan por volver a trabajar y, como no encuentran dónde hacerlo, siguen sin “ofrecerse”. De allí que la tasa de desempleo se mantenga relativamente contenida.

Pero volvamos a los grupos registrados con una mirada retrospectiva.

La serie del Ministerio se inicia en enero de 2012, de modo que toma casi completo el segundo gobierno de Cristina Kirchner. En ese lapso, el empleo aumentó un 10% con la siguiente particularidad. Los monotributistas crecieron igual que el conjunto pero los privados, en cuatro años, sólo el 3%.

Va de suyo que en ese período fue el empleo estatal el que permitió elevar el promedio. En efecto, ese componente creció en el cuatrienio 21%. Dicho de otra manera, la “reconstrucción argentina” ya era necesaria por ese entonces pero no había tandas publicitarias que la reclamaran.

Durante la gestión de Cambiemos, el empleo privado siguió gravemente enfermo al punto de haber perdido todo lo agregado entre 2012 y 2015. Los monotributistas sumaron ocho puntos porcentuales y el sector estatal todavía crecía a buen ritmo: agregó otros cinco puntos.

Estamos hablando del balance del empleo registrado entre fines de 2015 y fines de 2019.

De allí en más, pandemia mediante, volvimos al nivel general de diciembre de 2015 pero en base a todavía más empleo público, también más monotributistas y nueva pérdida de tres puntos porcentuales del empleo privado. Esta pérdida fue tan escasa principalmente en base a la prohibición de los despidos que cubrían al empleo registrado.

¿Para qué es útil este repaso de los datos de una parte del empleo (poco más de la mitad del empleo total)?

Para tenerlo presente al observar que en la última década el Producto por habitante (PBIpc) perdió 20%. En pesos de 2004 pasamos de 17200 en 2011 a 13700 en 2020, en una escalera descendente de manera continua en todo el decenio. Es decir, lo que producimos (y, por tanto, lo que disponemos) es cada vez más chico.

No es ilógico que la demanda de empleo sea cada vez menor, pese a que tratamos de emparchar el problema con creación de empleo público y prohibición de despidos, todo lo cual es beneficioso para los involucrados directos pero crecientemente negativo para el conjunto de la sociedad.

La segunda década del siglo XXI, al menos en América Latina, se presentó de manera similar. Desapareció el impulso proveniente de la gran demanda internacional de nuestros productos de exportación (sea soja, petróleo, cobre o lo que fuera) y pese a que la tasa de interés internacional registró valores cercanos a cero muchos de nuestros países no pudieron aprovechar esa situación para atravesar el período de vacas flacas.

Ese agotamiento explica el desencanto de parte de la población que buscó otras alternativas políticas, aunque algunos interpretan al revés: que los cambios en las orientaciones de las nuevas dirigencias elegidas generaron el retroceso económico vivido en el decenio.

Mientras la región “debate” la experiencia de cada país, en Argentina parece seguir primando la convicción de que no tenemos problemas estructurales que afrontar, que sólo se trata de la voluntad de un dirigente bien intencionado y, por tanto, que rápidamente volveremos a gozar de bonanzas pasadas.

Con esa idea en mente apareció la pandemia que, como en el mundo entero, desnudó las carencias y los conflictos de nuestras sociedades.

Sin embargo, parece haber predominio en nuestra dirigencia de una mirada facilista, de la que se deriva como útil y necesario denostar al diferente y no buscar con los que piensan distinto el mejor camino para salir del atolladero. Una vez más nos preguntamos, ¿seguirán mirando para el lado equivocado? Ojalá que los equivocados seamos nosotros.

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Notas de JL

Economista; abuelo de tres hermosuras: Luli, Tini y Tomi; en fútbol sigo a San Lorenzo de Almagro. Sufriente admirador de Buenos Aires.